sábado, 11 de abril de 2009

Sombras

Camina tras la calle trasera esquivando el encuentro…


Un puente termina, y con él también un día de fiesta que lo culmina. Son esas fechas que más que descansar y desconectar te sientes perdido, la rutina te reclama, la necesitas y no sabes por qué. Echas de menos aquello que durante semanas y meses tienes ganas de perder, llegas al convencimiento de que en realidad da sentido a tu vida, la organiza, la equilibra.

Sales, no sabes ni la razón ni el motivo, pero sales. Hombres, como siempre, más de lo mismo. Entras directo al mercado y formas parte de él sin saber cómo, y te sientes irremediablemente uno más. Miras, te miran, pero, ¿y qué? No dices nada, ni te dicen nada, en el pleno sentido de la frase. Nadie se para a analizar lo que hay más allá de una cara o un cuerpo, y pocos se fijan en la profundidad de una mirada.

Copas; dos, tres, cuatro,… ¿para qué bebemos? Ya no lo piensas, no sabes si es inercia, si es mimetismo, evitar pensar o pensar más. En realidad su efecto se asemeja al de una parábola, que tiene un ascenso exponencial directamente proporcional a su descenso. Pobre de aquel triste que es preso de sus garras, porque desvanecida su presencia la tristeza parece multiplicarse, si cabe.

Un chico, parece que él va a ser quien salve la rutina nocturna. Pocas veces pensamos en la oreja, sólo cuando nos la comen a lo bestia, ya sea real o figuradamente. La conciencia y el sentido común nos hablan: "no es que sea un bodrio pero, ¿qué estás haciendo?”. El tiempo no ayuda, aparecen besos y abrazos, que en realidad poca significación propia adquieren. Los callejones y las esquinas, grandes aliados de las “alegres”, parecen cumplir su función. Más sin sentidos, y más, acompañado de tonterías, de palabras reminiscentes que no hacen sino desnudar banalmente íntimos secretos, como si se regalaran huevas de esturión a un cerdo.

El saber popular dice que las hormonas equilibran parte de nuestras funciones vitales, sin embargo en esta situación desordena de forma absoluta nuestros comportamientos, o al menos colabora. Los miembros parecen adquirir vida por sí solos.

Para ese momento parece que el gran yo está supeditado a los más ocultos deseos… hasta que aparece él. La ley de Murfi evoca parte de algunos infortunios de la vida cotidiana, si has tenido un ex y dentro de ti sigue estando él, de seguro por la esquina va a aparecer. Y así es....

La parábola comienza su descenso, tus niveles etílicos parecen descender inexplicablemente. Casi el mismo efecto que ser interceptado por tu padre en estado ebrio. La sobriedad parece instaurarse instantáneamente.

Y Camina tras la calle trasera esquivando el encuentro, y tú no sabes qué hacer. No puedes correr tras él, ya te ha rechazado una vez.

Te resignas a ver cómo se pierde paso a paso su silueta, su sombra, lo que fue de ella, lo que fue de mí, lo que fue de nosotros, lo que nunca fue, lo que nunca será.